Violencia en la subjetividad adolescente de hoy

Violencia en la subjetividad adolescente de hoy

Hay una violencia sin porqué que es su propia razón para ella misma

J.A.Miller

En los primeros años de su enseñanza, Lacan diferencia entre la intención agresiva y tendencia agresiva. Define la primera como un cúmulo de comportamientos propios del Yo en aras a salir de su mundo propio y adentrarse en el espacio de las relaciones interpersonales. Por otra parte, la tendencia agresiva correspondería a una pulsión que socavaría la búsqueda de establecimiento de un  lazo social  y se dirigiría más hacía la satisfacción desmedida del propio impulso agresivo, en su vertiente dañina.

Más adelante, aportará dos nociones de suma importancia: el  acting out y el pasaje al acto.

El acting out quiere decir que alguien pone en acto una circunstancia particular en el sentido de un llamado al Otro. Un llamado intencionado. Se trataría, en tal caso, de una demanda muda a través de una conducta sintomática, entendiendo el concepto de síntoma aquí como “un signo y un sustituto[1] de aquello que no consigue ser tramitado por la palabra. Una conducta que debe ser atendida como una manera, quizás la única en tal momento, de pedir ser escuchado, mirado o sostenido, en definitiva, una conducta que busca hacer lazo.

Tal y como señala la psicoanalista Beatriz Janin, el acto violento, muchas veces, “es un recurso para hacerse ver, para demostrar que uno existe en el mundo en el que siente que no tiene un lugar[2]

Por otro lado, introducimos la idea de pasaje al acto como un arremeter sin deseo de decir, sin dimensión de mensaje,  ni búsqueda de un otro destinatario que lo pueda descifrar; sino la absoluta, decidida e imparable intencionalidad de dar rienda suelta a la pulsión violenta, a la tendencia agresiva “que rompe y encuentra una satisfacción en el simple hecho de romper[3]

¿Qué es lo que se estaría demandando en un acting out y, por el contrario, qué es lo que se rompe en un pasaje al acto violento?

Para poder avanzar en el análisis de esta doble pregunta, nos basaremos en dos citas.

Por una parte, Lacan conceptualiza que “toda demanda del sujeto al Otro es en el fondo una demanda de amor[4], una demanda de su presencia. Que esté y  “no es demanda de este objeto o aquél, sino que se dirige a un punto más allá, al ser mismo del Otro”. Este enunciado, bien nos puede servir para entender la agresión en su vertiente de “llamada de atención”, como un mensaje inconsciente que busca una reparación.

Por otro lado, Miller nos advierte que en contraposición a la violencia como causa, “hay una violencia sin porqué que es su propia razón para ella misma” (J.A. Miller, ibídem). Una violencia que estando sujeta, puede precipitarse y manifestarse desbordada en base a la concurrencia de determinadas coordenadas vitales, las cuales podremos como clínicos cernir a posteriori, pero que en cualquier caso se trataría de una violencia que no presentaría una finalidad reparadora, como en el acting out, sino de ruptura de lazo con ese otro, unida a la propia desaparición como sujeto.

¿En esta época de devaluación de la imago paterna, en su doble vertiente de regulación (freno de mano de la pulsión del hijo-a) e impulsor de un Ideal(orientar y acompañar en la génesis del itinerario vital), qué estatuto adquiere la conducta violenta en el sujeto adolescente? A continuación, presentamos algunas coordenadas que puedan orientar la reflexión.

La matriz familiar: El Otro consumido

Muchos padres y madres de hoy, debilitados por situaciones laborales precarias, la importante tasa de separaciones y divorcios en edad de crianza o vivencias de soledad (monoparentalidad y falta de red de apoyo, etc.), entre otras situaciones, se encuentran desorientados con la sensación de no sentirse dueños de sus destinos, experimentando la angustia de cohabitar con unos hijos/as en ante quienes no saben cómo posicionarse, incómodos en el ejercicio de su autoritas[5] parental, en el sentido que refiere el derecho romano.

Ello hace que nos encontremos con adolescentes que experimentan la ausencia de adultos que sean capaces de sostener, regular y orientarles en sus impasses; una tarea

históricamente designada al padre de familia y que por ello Lacan lo nombrara como función paterna[6]. Jóvenes sin una orientación vital, “[7]cada vez menos identificados con sus historias familiares discontinuas y llenas de agujeros” biográficos, cada vez más alejados e incrédulos de la importancia de la trasmisión intergeneracional.

Identificaciones horizontales o vínculos supletorios

En este sentido, la ausencia de un faro identificatorio troncal en la biografía de un sujeto adolescente, precipita la experiencia de un vacío de respuesta ante la pregunta sobre qué tipo de vida ha de construir. Ello, en ocasiones, anima al joven a buscar una adscripción identificatoria en comunidades horizontales que le permitan contestar a la pregunta sobre quién es.

Paralelamente, los expertos nos advierten de que esta expansión identificatoria actual “no va de la mano de la tolerancia y el respeto por lo diferente y extraño”, cosa que hubiera supuesto un avance; sin embargo, “los estilos de vida reivindicados en su multiplicidad y dispersión, construyen nuevas comunidades alternativas, como así también su mutuo rechazo[8] “, pudiendo generar violencia.

Comunidades que asientan sus bases en  significantes que denotan cierta particularidad que busca ser reivindicada, una diferencia que no incluye a los otros grupos y que por ello, en ocasiones, lleva incorporada el virus de la segregación. En definitiva, comunidades que suponen una suplencia identificatoria y que en aras a procurar cierta sensación de sostén y pertenencia en el deseo de un otro, acaban siendo objetos de consumo metonímico.

Una Red muy familiar: El Otro del consumismo que atrapa

La pantalla  ha usurpado el lugar al padre y a la madre, convirtiéndose en el gran Otro, en el nuevo guía e  interlocutor para los púberes y adolescentes de nuestros días. Es  donde buscan las respuestas y donde hacen amigos-as en un afán de contabilizar la popularidad.

La pantalla no es sólo un espacio lúdico; es un territorio en el que google, yahoo y demás  monitorizan la socialización de los jóvenes de hoy, en tanto los mayores estamos ajenos a los contenidos que visitan. Un territorio en el que el porno-online inicia a los pre-púberes y púberes en la incógnita del sexo y lo sexual, en edades cada vez más tempranas, desprovistos de la mínima preparación para asimilar en algo los

contenidos que visitan. Contenidos en los que la mujer es un objeto de deseo y consumo, que provoca, seduce o accede a las insinuaciones, ofertas y/o agresiones de un hombre siempre potente, dispuesto, dotado y que hace gozar.

Internet, también, es un espacio en el que mirar y hacer para ser mirado, es la condición que se ha de cumplir para sentir que se es existente para el otro, para sentir que se está en onda y así evitar la vivencia de aislamiento. Un otro virtual, una comunidad de usuarios que se divierten haciendo culto a la imagen y en donde el uso de la palabra y el enunciado apenas ocupa lugar.

Por los intersticios de la pantalla, la incitación al consumismo se nos presenta con la promesa de hacer más llevadero el velatorio ante el duelo por la caída de la imago paterna. Ningunea el valor estructurante de la renuncia pulsional del no todo es consumable, e invita a catar su propio ideal, seduciéndolos a trasgredir la ley y empujándonos al todo es consumible.

 “Si yo fuera millonario, me compraría coches caros y cuando me aburriera de ellos, compraría otros y luego otros. Así no me aburriría nunca”

Pedro, adolescente de 14 años con problemas de autocontrol

Así, este mantra del consumismo activa de forma eficaz la estructural insaciabilidad del ser humano de la mano de la obsolescencia programada o el comprar-tirar- comprar; una diabólica trampa que instaura el principio del nada perdura, nada se recicla, haciéndonos creyentes del valor de lo nuevo e incubándonos la idea de que en ello se halla lo que nos falta para sentirnos mejor.

El consumismo es un canto a la no renuncia, a la desregulación que genera violencia y convierte al sujeto consumidor en objeto autoconsumido, al abandonarlo al amparo de su empuje pulsional.

La matriz corporal: Cuerpos inscritos y cuerpos adscritos

El cuerpo es el lugar en donde guerrea la pulsión desde el inicio. Un lugar que requiere de cuidados y de la palabra del Otro materno, a fin de que el niño-a vaya habitando e incorporándolo al campo de su experiencia.

La primera experiencia especular de completud y la posterior investidura libidinal hacia ese cuerpo que va siendo hablado, con el tiempo, ha de dar lugar a un cuerpo que hable, siempre que se den las suficientes condiciones. Así como el niño hablado deviene en niño que habla, el cuerpo hablado[9] devendrá en un cuerpo hablador. Un cuerpo inscrito

El cuerpo que habla, es un cuerpo que completa el enunciado que la palabra no alcanza a decir, de manera que también el cuerpo es un emisario del inconsciente, de aquello que queda reprimido, negado o disociado.

¿Qué dicen los cuerpos de los adolescentes de hoy?

Podemos resumir que nos encontraremos con sujetos que viven su cuerpo desde el estatuto del deseo y quienes lo viven desde el estatuto del goce. Los primeros presentan un cuerpo simbolizado con sus respectivos modos de gozar en los que incluyen al Otro. Los segundos, por el contrario, actúan su  real con muestras de debilitamiento en el registro simbólico.

Diremos, por ejemplo, que el lugar del cuerpo en la represión o en la disociación, es el cuerpo del acting-out. Es el cuerpo del mensaje a descifrar, del dicho omitido y disfrazado en hecho. El cuerpo del acting out, es el cuerpo de la histeria, el cuerpo  que desea ser mirado, atendido y, por lo tanto, exhibe su superficie delgada, musculada, siliconada, tatuada, tuneada, etc. y, a su vez, mira otros cuerpos y se compara. Son cuerpos instalados en el deseo, que requieren de la presencia del otro. Cuerpos de gozan mirando y haciéndose mirar (goce escópico: voyeur-exhibicionista)

Sin embargo, hay cuerpos que han sido poco habitados por la palabra, poco corporeizados (tocados-contenidos-hablados) y que presentan dificultades para enunciar. Cuerpos cuyo decir, no es “signo y sustituto” [10] del contenido reprimido, sino materialización de la pulsión desamarrada Esos cuerpos para los que el otro va desvaneciéndose, cuerpos que ya no quieren tener interlocutor y, por ende, no desean renunciar al goce máximo, ese que les convierte en objetos auto-consumidos.

Cuando el tsunami de la pubertad-adolescencia exige al sujeto posicionarse ante los interrogantes que plantea su incipiente sexualidad, los cuerpos devienen en respuesta haciendo acto de presencia. Los cuerpos suficientemente bien libidinizados a lo largo del periodo evolutivo, aquellos que hayan integrado la experiencia de haber sido tocados-contenidos-hablados, podrán acometer este impasse de readecuación al nuevo cuerpo sexuado, con mayores garantías que aquellos otros  que  hayan carecido de la interdicción de un otro del contacto hablado. En la pubertad, para lo bueno y lo malo, lo infantil se reactualiza.

El cuerpo inscrito o corporeizado es el cuerpo del deseo y cualquier tratamiento que el sujeto dé a ese cuerpo, cabe entenderlo como un dicho. Por el contrario, aquellos cuerpos cuya corporeización haya podido quedar en suspenso o no haberse efectuado debidamente, podrán presentar fenómenos de fuga metonímica.

Así, nos podemos encontrar entonces con sujetos adolescentes que buscan adscribirse a familias sustitutas, a comunidades que se nombran por suplencias significantes, síntomas mudos que actúan el vacío (o la fragilidad) simbólico y que, por lo tanto,  adquieren más categoría de signo que de síntoma.

Hablamos de la anorexia grave, de la vigorexia, de los cuerpos hipermusculados o hipersiliconados, de los cuerpos en los que el tatuaje deja de ser un capricho estético y se impone como una necesidad, el cuerpo de los cortes o las marcas, entre otros.  Son los cuerpos del exceso y la pulsion desamarrada, cuerpos adscritos a una comunidad, aquellos que no hacen espacio al otro, que no buscan dialogar. Cuerpos que actuarán la agresión padecida en autoagresión (olvidados, sometidos, violentados) o se convierten en objetos de agresión, haciendo acto de presencia (peleas, etc.).

En este trance toma sentido la frase de Lacan; “no somos un cuerpo; tenemos un cuerpo”

 “No sentía dolor en las peleas, por mucho que diera o me dieran…No me acuerdo de ninguno de ellos (en relación a los contrincantes)”

(M. adolescente de 14 años y pandillero)

Dicho lo cual…

Cuando Miller plantea que aquellos sujetos que ceden frente a su estructural pulsión violenta y se permiten “activar su deseo de destrucción”, pudieran ser clínicamente ubicables bajos las premisas de una “falla en el proceso de represión o, en términos edípicos, en un fracaso de la metáfora paterna”, hace referencia clara a los sujetos con estructura psicótica, principalmente. Sujetos, por lo tanto, que al no haber podido acceder a la vivencia de una renuncia estructurante, se hallan asediados por el imperativo del plus de goce.

¿Acaso las coordenadas socio-educativas que experimentan tantos y tantos menores de hoy en día, no son las mismas que orientan su devenir desde “una falla en el proceso de represión…”? Hablamos de adolescentes que:

  • Crecen en la época de la  devaluación de la trasmisión y la narrativa intergeneracional.
  • Son bombardeados por mensajes que  exaltan al consumo metonímico que obtura el impasse necesario para pensar y buscar salidas.
  • Son monitorizados en la objetualización y el consumo de las relaciones interpersonales.
  • Se sumergen en la porno-sexualidad, como escuela para aprender a hacer-deshacer con el  partenaire, generando modelos de relación
  • Emigran a otros  marcos supletorios de identificación horizontal auto excluyentes (en muchos casos).
  • Viven la preeminencia del goce escópico. Presentan una estética corporal consiste en enseñar, evidenciar y no tanto en insinuar o sugerir.
  • Una época en la que la piel lleva marcas (adscripciones imaginarias), que en ocasiones delatan los agujeros (simbólicos) de cuerpos mal habitados.

Bien, pues sobre este caldo de cultivo, cabe pensar en la concurrencia significativa de manifestaciones de violencia adolescente, bajo las coordenadas del pasaje al acto como fórmula para hacer consigo o con el otro. Manifestaciones en las que el cuerpo actúa allí donde el pensamiento cesa.

Violencias relacionales y las otras

Así, el acoso entre iguales, la violencia de género o la violencia filio-parental, en buena medida, pudieran ser entendidas como manifestaciones de la falla en la adquisición de dicha renuncia (falla en el proceso de represión), hoy

¿A que hubieran de renunciar y en qué consiste dicha renuncia?

La renuncia siempre supone una elección y en los  casos de violencia hacia afuera (hetero-violencias) sería la renuncia a invadir el campo vital del otro (consumir al otro), como zona limítrofe y ante cuya transgresión surge la culpa, la vergüenza, el horror o cualquier otra modalidad de angustia, así como la conciencia de haber transitado un lugar indebido o prohibido.

No hablamos aquí de una renuncia que se coge o se deja a voluntad, sino de un freno de mano  que surge de la propia subjetividad, al haber sido recibida vía identificación simbólica por parte de una persona adulta significativa, portadora de la autoritas y transmisora de la ley, así como de un cierto ideal que  proteja ante el imperativo de la pulsión a consumar-consumirlo todo. No olvidemos que este proceso es inconsciente.

Como meras reseñas ilustrativas diremos que en algunos casos de bulling, por ejemplo, se trataría de la falla en renunciar a invadir el campo del otro-igual, al detectar en ese otro un rasgo sentido como insoportable en el sujeto que actúa. Un rasgo éxtimo (Lacan) que interpela a una parte tan íntima como inaceptable en este sujeto actuador. Éste ubica el peligro a fuera (en la víctima) y al acometer contra él, busca acallarlo dentro de sí.

En un buen número de casos, se trata de manifestaciones de crueldad en las que la persona agredida queda expulsada del lazo social o reducido a un resto que conviene tener a mano para seguir acallando las voces internas.

También observamos mayores dificultades en la intermediación por parte de los adultos ante este tipo de conflictos, lo que escenifica la devaluación de la función reguladora  mencionada en un apartado previo del texto (en padres, vecinas, profesorado, etc.).

En segundo lugar, la violencia de género entre adolescentes habrá que ver si concurre por los mismos cauces explicativos que entre la población joven y adulta. En tales casos el varón no renuncia a objetualizar al partenaire sentimental  como una mera propiedad a la que someter para degradarla, como objeto de goce, proyectando la propia inseguridad e impotencia.

Según investigaciones, entre la población adolescente femenina, de forma mayoritaria,  no se estima como violencia las conductas de control (quitar el móvil, impedir salir con amigos, controlar donde se está, etc.) por parte de sus parejas. Por el contrario, se significan estas conductas sometedoras como muestras de amor que generan ideas tales como “cuanto más me controla, más me quiere”, “será que le intereso “o “todos hacen lo mismo; pero si le quieres, no puedes ser tajante”.Se niega el sometimiento y se la justifica en base a una idea equivocada de amor.

Curiosamente, este tipo de relaciones clásicas eran la pauta en épocas en las que la mujer no había salido del espacio de sus labores domésticas y el hombre era el que portaba el dinero al hogar. Era la época en la que las veleidades del marido se justificaban por razones, culturales, religiosas o de supervivencia. Pero en la época del poliamor, del acceso de la mujer a la universidad, al mundo laboral, etc., resulta cuanto menos chocante esta repetición, que como tal, bien pudiera ser considera como síntoma de un ideal que no se ha alcanzado y muestra de que la estructura subjetiva en el hombre y en la mujer no son la misma

En tercer lugar, del trabajo en casos de violencia filio-parental, por ejemplo, sabemos de la existencia de golpes, gritos y amenazas que generan un estado de sitio familiar, en que el hijo o la hija se erigen como portavoces de una furia y un odio ingobernables y difíciles de atemperar. Por suerte, el psicoanálisis desde  Freud ya nos advierte de la ambivalencia del lazo amoroso, un fenómeno que más adelante Lacan reformulará con el neologismo odioenamoramiento y que viene a significar que “el odio está del costado del Eros (amor) y supone un lazo muy fuerte al otro, un lazo social eminente[11]”.

Algunos actos de violencia filio-parental, en los que la conducta enmascara un mensaje latente, bien pudieran ser interpretables por el clínico como demandas  filiales a ser regulados y acogidos con la presencia hablada, con la presencia de contacto, significantes ambos de un signo de amor en falta.

Joseba es un adolescente de 15 años que acude a consulta con su padre (separado de la madre de joven), a petición del chaval “porque no puedo controlarme; me paso mucho con mi padre, no aguanto a la profesora, ni a la educadora…y no sé qué hacer”, dirá angustiado y llorando amargamente

No obstante, existe la violencia gratuita y en tales casos la renuncia estructurante tiene que ver con lo relativo a no someter al padre o a la madre, consumiéndolos con demandas de exigencia que colmen el vacío que siente el hijo-a (quizás) por no haber vivido una presencia reguladora.

Ante el imperativo al consumismo y la tendencia cada vez mayor a objetualizar las relaciones, cabe preguntarse si somos reciclables los padres y las madres de hoy

Esta pregunta introduce otra posible vía de tratamiento a la violencia filio-parental, no tanto como un llamado a la regulación (acting out), sino más bien como una omisión a la misma y a la puesta en acto del propio ejercicio del descontrol autosatisfecho (pasaje al acto).

Por último, el propio Miller plantea que “hay que distinguir cuando la violencia vuelve a salir por un fracaso del proceso de represión “o a consecuencia  “de una falla en el establecimiento de la defensa” [12].

El segundo entrecomillado invita a pensar en aquellas situaciones en las que la defensa previamente establecida cede al empuje de la violencia destructora. Una posible causa de este derrumbe defensivo pudiera ser atribuida a la quiebra del sentimiento de lazo o vínculo del sujeto implicado.  Podría decirse que se trataría de la escenificación en acto del hecho de sentirse arrojado del campo del deseo del otro. Tal pudiera ser la hipótesis, de la comisión de suicidios por parte de jóvenes esquinados en sus habitaciones, sintiéndose expulsados del lazo social y padeciendo la violencia de no sentirse sujetos de deseo y prescindibles.


[1]  Inhibición, síntoma y angustia-S. Freud

[2]  La violencia y su estructura subjetiva – Beatriz Janin

[3]  Niños violentos. J.A.Miller

[4] Las formaciones del inconsciente.  Lacan, J., 

[5] La autoritas se conquista mediante la adhesión, la persuasión y la convicción del buen ejemplo de alguien sobre otro. De esta forma, las indicaciones de la persona revestida de autoritas no son imposiciones sino más bien acogidas de buen grado, ya que el que tiene la autoridad va por delante en aquello que indica. Se basa fundamentalmente en el ejemplo y es imprescindible para lograr de aquellos sobre los que se ejerce la verdadera o obediencia: aquella que se sustenta sobre la aceptación de la superioridad moral del que ordena y que permite que el que obedece haga suyo lo mandado.

[6] Sin embargo, como tal función, no está vinculada al padre como único destinatario, sino al adulto que pueda ejercer la tarea de regulación y orientación.

[7] Silvia Elena Tendlarz, “La delincuencia juvenil desde la perspectiva psicoanalítica”

[8] Silvia Elena Tendlarz, “La delincuencia juvenil desde la perspectiva psicoanalítica”

[9] El cuerpo hablado. Jean Le Du

[10] Inhibición, síntoma y angustia-S. Freud

[11]Nota: Niños violentos. J.A.Miller

[12] Ibidem. “Niños violentos”

EL DERECHO A TENER RESPONSABILIDADES

EL DERECHO A TENER RESPONSABILIDADES

“Anualmente el día 20 de noviembre se celebra el Dia Internacional de los Derechos de la Infancia. Es un día de celebración por los avances conseguidos, pero sobre todo es un día para llamar la atención sobre la situación de los niños/as más desfavorecidos…”(UNICEF)

Al hablar de derechos infantiles es frecuente que nos asalten a la memoria imágenes de penurias desgarradoras como la hambruna de tantos países de sobra conocidos, las avalanchas migratorias con menores como protagonistas, acompañados o a solas, los negocios de prostitución con niñas compradas o secuestradas y prisioneras de un destino muy difícil de esquivar, así como un largo etcétera de situaciones y vidas dañadas que dan muestra clara  de las desigualdades geopolíticas y , sobre todo, de las pocas ganas de los países poderosos de arrimar el hombro y ayudar. Por el contrario, se acrecienta la avaricia, el matonismo y la desafección empaquetada en perversas y solemnes palabras fraternales, solidarias, salvíficas, que dan cuenta de lo peor de la especie humana.

Luego están, menos mal, las personas que toman partido. Son las menos, pero están y dignifican el género humano. Son aquellas que no miran para otro lado y se ponen manos a la obra a ayudar, Estoy hablando de quienes a través de ONG-s, fundaciones, organizaciones del tercer sector, de terminadas propuestas políticas o de modo particular, colaboran en mitigar la miseria en todos sus órdenes.

La nuestra es una sociedad avanzada en donde a pesar de no haber horrores como los arriba mencionados, también hay submundos en donde las penurias son reales, así como lo son las familias que piden limosna o los niños y niñas que viven situaciones de desprotección en diferente grado. A pesar de que en nuestro entorno dispongamos de una red de servicios sociales, sanitarios  y comunitarios avanzada, así como una cultura de solidaridad real que se nutre de un pasado migratorio que ha hecho de la hospitalidad un valor sumamente necesario y reconfortante, no debiera de haber pretextos para seguir apostando por fórmulas de mejora en la atención de situaciones de vulnerabilidad infanto-juvenil y, fundamentalmente, hay que reflexionar sobre el tipo de sociedad que queremos crear y dejarles en herencia.

La literatura común sobre los derechos de la infancia está íntimamente ligada a situaciones en donde la conculcación de los mismos ha sido flagrante. Es decir, situaciones en los que la ausencia de derechos ha sido la pauta y ante lo cual la idea de progreso o avance consistiría en el hecho de enunciar, consensuar, proveer u otorgar derechos. Así, en las sociedades occidentales vinculamos la modernidad con el progreso y el progreso con los logros. En este sentido cabe señalar que hablamos del logro de derechos en términos de valor e, implícitamente, de plusvalía. Frases tales como “la vida de un niño africano no tiene valor”, no son casuales ni tampoco metafóricas, pues la hambruna y la muerte acaban dando razón a la literalidad del enunciado.

Orientemos por un momento la mirada hacia nuestra sociedad y enfoquémonos en el análisis de los infantes y adolescentes hiperconectados, hiperestimulados, hpersexualizados (J.R. Ubieto). ¿Cuáles serían los derechos que les son conculcados a estos niños/as de la era digital, del tecno-ocio, de la tecno-pornografía, que viven enchufados sin apenas pausa a un Otro que promete colmarles de cosas, con la salvedad de que no dejen de consumir? Un Otro que cual mago saca de la chistera productos de mayor atractivo (plusvalía) que al poco de salir al mercado, se presentan con la marca de lo obsoleto, de lo prescindible. Un Otro que manipula las necesidades de los menores de edad, así como las nuestras, multiplicándolas hacia el infinito y más allá.

Quizás debamos de mirar el logro de derechos no sólo como un plus que debiera de ser conquistado o como una ausencia que hubiera de colmarse, en términos cuantitativos. Quizás en la relativo a la infancia y adolescencia, tengamos que dialectizar y comprender que más no es necesariamente mejor, ya que el más de mercado de consumo, siempre es un menos.

Vivimos en un mercado de consumo feroz, basada en la oferta y la demanda, con una tecno-semántica en donde significantes como valor, logro o conquista acaban perdiendo la polisemia y subvierten su sentido en una única dirección: la ganancia de capital.

Una sociedad que entroniza el consumo como principal modo de adquisición y logro de felicidad, puede llegar a convertir el logro de  derechos en objeto de consumo. En este sentido, cabe tener una cierta prudencia ante proclamas que alientan al derecho a acceder a derechos, ya que si bien el acceso a los mismos es lícito y hay que hacerlo valer, no resulta fácil un buen uso de los derechos, ya que  eso supone hacer un buen uso de las responsabilidades emparejadas.

Cabe pensar que el  Pedid, y se os dará (Mateo 7:7) bíblico, es una invitación a crear siervos o personas que liguen su condición de sujeto a la providencia, al mana o como el psicoanálisis nos ha enseñado, a la no castración. Por el contrario hay que proveer a los infantes y jóvenes de la experiencia de la RENUNCIA AL TODO del consumismo, para poder acompañarlos en sus dificultades, parones, indecisiones, y, poco a poco, ayudarles a mirar el futuro con cierto espíritu, con un cierto gusto por la vida.

Dicho de otro modo, los derechos cabe entenderlos como patrimonio (valor) que haya que bien-cuidar, de forma apreciativa y no malgastarlos, como la batería del móvil, o usarlas como piedra arrojadiza (…tú no tienes derecho a nada…” “…yo tengo derecho a….y si no te denuncio…”). Un patrimonio y un hacer uso de los mismos orientados a lo que la legislación actual establece como bien superior de la persona menor.

Volviendo a la pregunta acerca de qué derechos son los que se conculcan a los menores de edad, cabe pensar en el derecho a tener responsabilidades, entre otros.

Progenitores ausentes ante hijos/as enREDados

Progenitores ausentes ante hijos/as enREDados

La obsolescencia programada  o el “comprar, tirar y comprar” es un signo de nuestros tiempos. Es la forma de incentivar el consumo, una de las formas de mover la economía, mediante el gasto corriente. Se basa en el hecho de que lo nuevo es mejor y, además, necesario. Pero lleva implícita una diabólica trampa: nada perdura, nada se recicla…

… sólo importa lo que se puede adquirir, el nuevo modelo de móvil, la nueva actualización del smarphone o  las nuevas prestaciones de tal coche. La tecno-semántica se ha apoderado de nuestro día a día. ¿Somos reciclables las personas adultas a ojos de las nuevas generaciones?  No es añoranza por el pasado, de las épocas en las que los ancianos/as  eran mirados con afecto y atención, porque se les atribuía la trasmisión de un saber. Un saber biográfico: una vida vivida, llena de relatos.

Repito, hoy el pasado no cuenta, ya que nos han incubado el virus de atender lo nuevo con desaforada ansia; para “tirarlo, comprarlo y tirarlo”. Un ansia muy difícil de regular, de domesticar, porque las mass-media ya se encargan de adoctrinarnos con la idea de que en el consumo se halla lo que nos falta para sentirnos mejor. Se trata del consumismo como antidepresivo.  Se trata de una mentira que genera violencia, porque otorga pleitesía al principio del placer, al “yo-mi-me-conmigo…”, con la consabida incapacidad de tolerar la espera y la frustración, así como la opinión ajena, etc

La agresividad es estructural, viene de serie en el ser humano, y es por ello que debe de ser regulada, para impedir que se manifieste de forma caótica. Si queremos apostar por la convivencia, tenemos que domesticar el impulso hacia la compulsión. Un impulso que tiene su manifestación en el devenir diario y, particularmente, en el terreno de las relaciones.

El hecho de que el bulling esté tan presente en los medios, no es señal de que éste sea un fenómeno nuevo. Sabemos que   viene de siempre, pero cabe decir que hoy en día se presenta con ciertas particularidades propias de la época. Una de las más significativas es que la intervención del adulto no resulta tan determinante para erradicarla como hace veinte años, por ejemplo.

Si hablamos de violencia  filio-parental, también hablamos de la caída del autoritas del padre o la madre. La obediencia como valor de respeto no está tan asegurada, como tampoco es  tan reconocible  la capacidad antaño atribuida por los hijos/as a sus padres y madres de servirles de brújula en el devenir, como portadores de un saber e inventores de soluciones.

Es la pantalla  la que ha usurpado el lugar al padre y a la madre, convirtiéndose en el nuevo guía e  interlocutor para los púberes y adolescentes de nuestros días. Es donde buscan las respuestas y donde hacen amigos/as, en un afán de contabilizar la popularidad. La pantalla no es sólo un espacio lúdico; es un territorio en el que google, yahoo y demás  monitorizan la educación, los gustos y la socialización de los jóvenes de hoy, en tanto padres y madres estamos absolutamente ajenos de los contenidos que visitan. Antes les poníamos un video a los más pequeños. Ahora les ponemos una Tablet, para que entren en la red, una red que sin guía hace de guía y les acaba enredando en la ciebereducación, absortos en la pantalla, mientras se hacen ajenos al encuentro con un ser adulto, significativo, sin cuya participación no se regula el impulso, ni se interioriza un auténtico GPS vital.

El acto agresivo y el acto violento: Mensaje o despropósito

Sín palabrasLa agresividad es algo inherente a la naturaleza del ser humano. Es una emoción, como lo puede ser la alegría o la tristeza. Además, la manifestación de la misma se debe entender en función del momento en que aparece, de las causas que la precipitan, hacia quién va dirigida y el por qué.

Los bebés cuando nacen manifiestan agresividad. Tienen hambre y lloran, se sienten sucios y gritan, se sienten solos y se quejan.

Hasta aquí todo normal, nadie siente que esta expresión de agresividad tenga que ver, con algo problemático. La madre o el padre, en el mejor de los casos, son capaces de entender en qué momento aparecen estas manifestaciones, qué causas tienen que ver en la situación que se genera, hacia quién se dirige el niño/a y el por qué. La familia responde adecuadamente hacia la petición, que entiende que le hace el bebe, es capaz de tranquilizarlo y de cubrir sus necesidades.

Esto es lo que pasa en la mayoría de las familias, pero algunas se preguntan ¿por qué no se calma este niño?

Bien, descartemos problemas de índole física, que podrían estar interfiriendo en las sensaciones del menor. A veces ocurre que la provisión de cuidados suficientemente buenos, se interrumpe. Problemas en la pareja, laborales, individuales en alguna de las dos figuras parentales, provoca que la situación de estabilidad familiar se vea menoscabada. Así pues la percepción del niño se ve influenciada por estos problemas externos que le afectan en su desarrollo interno, provocando un nivel de tensión mayor que en ocasiones es más difícil de calmar por un medio ambiente, que a su vez está atravesando un mayor momento de inestabilidad.

En la medida en que sigue el crecimiento en el menor, estas situaciones problemáticas del pasado han podido quedar escondidas. Pero será en algún momento, con las tensiones por las que atraviesa el niño (inicio de la escolarización, frustraciones con sus iguales, normas y límites familiares,…) cuando el manejo de esa tensión pueda provocar de cara al exterior, conductas agresivas que tal vez excedan la normalidad.

La idea sería, ¿qué quiere transmitir el niño con esta manifestación?

La agresividad del niño no busca agresión, busca reconstruir la línea de cuidado que en su momento se vio interrumpida. Será el medio facilitador que esté a disposición del menor quien pueda transformar esa agresividad en creatividad, recuperando la conexión emocional que necesita el niño para continuar con su desarrollo de una manera normalizada.

El problema aparece cuando este restablecimiento no se da. La conducta incipientemente problemática, no es contenida por un medio ambiente que facilite esta reconstrucción y de esta forma la conducta problema se va instalando como una característica formal de funcionamiento en el niño.

Aparece en el ámbito familiar y se traslada al ámbito social (escuela, iguales, sociedad) y también en ese sentido, la contestación que el menor recibe es proporcional a la agresividad que coloca en su medio ambiente. La misma que le hizo sufrir una discontinuidad con su línea de desarrollo emocional, asentándose cada vez más la ruptura entre lo que hago y lo que necesito. La bola de nieve se hace cada vez más grande, los estallidos agresivos más graves y las posibilidades de escuchar, más allá del ruido, más difíciles. Lo patológico se instaura como característica de la personalidad del adolescente y las posibilidades de recuperación son más complejas.

De la falta o escasez de cuidados también crecen niños/as con poco tono y una actitud huidiza o temerosa. Ósea que ante similares escenarios materno–filiales, habría niños/as que a la postre pudieran desarrollar actitudes demandantes, atrevidas y/o confrontativas, , pero también habrá quienes decidan invisibilizarse ante la mirada ajena. Niños/as, que van desarrollando una noción de carencia de valor de sí, que les limita el deseo de explorar el contacto con los demás.

La actitud agresiva adquiere una vertiente externalizante, manifestándose en la relación, mediante la actitud de desafío, control, exhibición o similar. Y en el segundo caso, la agresividad se internaliza, se “traga”, se guarda, generando autoinculpación.

Las dos modalidades representan modos peculiares de afrontar las relaciones y dependerá del grado de desajuste que presenten, el que puedan llegar a ser considerados como conducta problema. En tal caso, hablaríamos de expresiones mal moduladas del impulso agresivo.

También hay que destacar que es una forma de decir, de señalar “un sufrimiento” que no se sabe mudar en palabras. Esto nos puede parecer sorprendente, pero es indudable el valor de mensaje del comportamiento agresivo, aunque la forma que se elige para “decirlo” hace que lo que se necesita del otro, nunca llegue a ser recibido, bien porque el modo agresivo genera miedo o rechazo, pero fundamentalmente, porque la petición de fondo que el acto agresivo lleva encriptado, es una demanda de pertenencia, de ser bien-mirado y tenido en cuenta y sostenido en ese mirar.

En este sentido, la conducta agresiva cabe ser entendida como una no cesión ante lo que se intuye como no recibido, presenta una disposición hacia la subsistencia, hacia la pervivencia y busca tenazmente suturar el dolor que genera esa carencia, por cualquier vía.

El problema radica en el hecho de que los condicionamientos originales, de crianza y cuidados hayan sido muy graves, o percibidos como tales. Este tipo de escenarios pueden ser la matriz de actitudes reactivas proporcionales a la carencia de cuidados vivida. En tales casos, podemos hallarnos bien ante sujetos “supervivientes” que debido a experiencias resilientes posteriores, hayan podido revertir un destino plagado de dificultades. Pero también están quienes hacen de su itinerario vital una suerte de vía crucis en donde la búsqueda del amor no recibido, trasmuta en el acercamiento a toda tipo de adicciones, conductas de riesgo y/o disruptivas.

En este sentido, el dolor por la falta de amor puede generar agresividad, pero también violencia. En la agresividad hay un deseo de comunicación, que si bien es inadecuado, no deja de tener un valor de mensaje. Hay una búsqueda de reparación, una necesidad de que desde el exterior surja alguien lo suficientemente sostenedor como para poder contener la furia, el rencor o la rabia acumulada y redirigirlo hacia una zona de impasse, en donde se dé un encuentro  y  pueda surgir la posibilidad de la  palabra como emisario reciente, de trasmisión y testigo de “aquello que ocurrió”. Como puente de un testimonio.

Sin embargo, en la conducta violenta no existe un otro al que dirigir tal o cual mensaje. No se alberga una querencia hacia la pertenencia, hacia la reconstrucción de un lazo, hacia el contacto. Ya se ha prescindido del deseo de ser significativo para el otro, de recibir el arrope de su mirada. Quizás lo hubo, pero en su devenir de dolor emocional, en el tránsito de ausencia de cuidados, se difuminó. Así el sujeto sucumbió al dolor ciego y al hecho de su irreversibilidad. Ese dolor desmedido, pudo generar anestesia emocional (o no) y un actuar destructor igualmente desmedido. En tal estado de cosas,  no hay cabida para la restauración, ni para el sueño de poder ser rescatado.

La ilusión del cientificismo, la angustia de los sabios. Por Eric Laurent. (París)

Las seducciones de la ilusión cientificista

La tecnología ofrece a las burocracias contemporáneas una potencia de cálculo sin igual. La ilusión cientificista consiste en soñar que un día, pronto, será posible calcular todo de una actividad humana reducida a comportamientos objetivables. Ya no se habla en mega o gigabytes, sino en tera o petabytes, siendo un terabyte el equivalente de 1.000 gigabytes y un petabyte el de 1.000 terabytes.

La biblioteca nacional representa aproximadamente 20 terabytes de texto. La base de datos de Wal-Mart, el Carrefour americano, representa 570 terabytes. Google trabaja en permanencia sobre 4 petabytes de información. La acumulación de datos hace enloquecer de una locura particular. Alimenta el sueño de saber todo de cada uno y de poder calcular lo que el otro quiere. Las herramientas estadísticas no suponen ningún saber clínico previo. La máquina se limita a rumiar datos (1). Diríamos con Lacan que las herramientas estadísticas son significante puro, tonto. Es su fuerza. La extensión de esta utopía en el campo de la medicina consuma la “medicina basada en la evidencia” en la que, sin referencia al saber clínico como tal, expertos estadísticos calculan mediante la comparación de muestras homogéneas las variables que aseguran el éxito o el fracaso de los tratamientos.

La paradoja de los éxitos de la MBE (2) es que no tratan del saber como tal. Para salvar vidas en el hospital, los promotores del “cero defectos” promueven el respeto absoluto a procedimientos que apuntan a evitar las enfermedades nosocomiales. Revisan sin cesar y obligan a reverificar los medicamentos distribuidos. Y para reducir las muertes en las unidades de cuidados intensivos: lavarse las manos con frecuencia y lavar los catéteres con antiséptico; ordenar verificarlos. El modelo es la industria de la aviación o la industria del automóvil, y la gestión Toyota. Es en la vigilancia de la pragmática de las curas dónde los protocolos seguidos mecánicamente obtienen los resultados más cristalinos. Ésta es también la razón de los límites encontrados. Sólo una pequeña parte de la clínica puede ser reducida y verificada mecánicamente.

Los partidarios más feroces del método MBE reconocen que parte de unas premisas difícilmente extrapolables a los pacientes reales: los protocolos para ensayos clínicos excluyen a esos factores de comorbilidad que son el lote de pacientes reales. Éstos atañerían a decenas de protocolos a la vez, que nunca se evaluarán conjuntamente. Fuman, beben café, toman medicamentos en cóctel, trabajan demasiado, respiran amianto, toman la píldora, etcétera. Las mejores bases de datos y sistemas expertos sólo producen el diagnóstico correcto en el 75% de los casos.

Cierto, la memoria de la base de datos es mejor que la de los sujetos individuales, pero un médico nunca está sólo y una verdadera conversación clínica se acomoda perfectamente a la consulta de una biblioteca estadística. Desde el punto de vista opuesto, vale más añadir al software las estimaciones de los clínicos expertos como elemento de un programa de un nivel superior, a condición de que se vean afectados de cierto coeficiente de ponderación. La mutación que debería atravesar la medicina es esa que el aviador ha conocido como el Fly by wire . Los pilotos intervienen sólo en caso de accidente imprevisto o por disfunción del aparato. No es seguro que la medicina pueda reducirse al modelo de la aviación en la medida en que únicamente una pequeña parte de los que hacen los médicos puede cuantificarse verdaderamente. Las catástrofes aéreas, como la del vuelo AF447 de Río, los llamamientos masivos en relación a la conducción, o los suicidios en empresa están ahí para recordarnos que sería extraño erigir la aviación y la gestión Toyota como ídolos.

El método estadístico no se limita a la medicina. Se interesa también en la justicia y apunta a desentenderse de los jueces. Por ejemplo, para apreciar el riesgo de reincidencia. En los EEUU, las leyes del estado de Virginia incluyen desde 2003, en primicia mundial, una cláusula que obliga a los jueces a mantener detenidos a los delincuentes sexuales cuando éstos tienen una puntuación superior a 4 en una escala de evaluación de la reincidencia. Es esta justicia enfeudada a los procedimientos cientificistas la que Robert Badinter denunciaba, en una tribuna reciente, por los peligros de la definición “de un régimen de seguridad fundado sobre la peligrosidad supuesta de un autor virtual de infracciones eventuales” (3). Luchaba contra la inscripción en la ley de un crimen virtual. Este infierno ya se ha realizado en Virginia.

De forma equivalente, en el campo de la educación, los expertos estadísticos tratan de imponer protocolos en los que el profesor no sería sino el recitador de un manual estándar de enseñanza debidamente evaluado y que debería seguirse al pie de la letra. Los enseñantes, los clínicos, los jueces bufan ante la destitución de su acto, todos testimonian del efecto de mortificación del deseo. Es una verdadera destitución subjetiva real.

El efecto real debe distinguirse del efecto imaginario de herida narcisista que puede producir la competición hombre-máquina dramatizada. Del narcisismo del clínico Lacan ya se había mofado en su sátira del que se cree el único que saber hacer. Cito: “Cet être le seul, justifie le mirage à en faire le chaperon de cette solitude” (4). Lacan apelaba pues vigorosamente a los clínicos expertos a formarse a las exigencias de la lógica propia al acto analítico. Esta lógica permite potenciar el acto yendo más allá del embarazo del narcisismo. Los algoritmos del cálculo masivo de lo íntimo producen el efecto inverso. Matan al sujeto ya que no dejan lugar alguno para esa angustia constituyente de la soledad del acto. “La cause du désir pour chacun est toujours contingente, c’est une propriété fondamentale du parlêtre”

La angustia de los sabios

Foucault rompe con una concepción de una historia de las ciencias reducida a una descripción de la “ortogénesis de la razón”. Rompe con la perspectiva de una búsqueda de criterios de cientificidad “a la Bachelard”, para interrogar más profundamente las condiciones en las cuales la racionalidad y la cientificidad pudieron ser instituidas como normas de verdad. Desde este nuevo punto de vista, apunta Foucault, “la distinción de lo científico y de lo no científico no es pertinente”. Así, la investigación sobre los criterios de cientificidad nos lleva más bien a considerar la forma bajo la cual la ciencia se atribuye la determinación no sólo de las normas de racionalidad, sino más generalmente de la verdad misma. Si ya no es únicamente la racionalidad lo que está en juego, entonces es la cuestión de la verdad la que se plantea. Es una cierta relación que el discurso, el saber, mantiene consigo mismo. La verdad, en este sentido, no es en adecuación a un objeto exterior, sino “effet interne à un discours ou à une pratique” (6, 7). En “El reverso del psicoanálisis”, Lacan nombrará este punto de recorte como “efecto interno” a un discurso como “goce”

Se trata entonces de investigar el goce propio a aquél que viene a ocupar el lugar del agente del discurso del saber, el sabio como tal. Y esto, no desde una perspectiva sociológica o psicológica, sino como posición de goce. El sabio es escuchado desde ahí, tal y como lo ponía de manifiesto Max Weber en “El sabio y la política”. El sabio, en el sentido de Max Weber, tiene una relación al saber fuera-de-sentido. Jean-Claude Milner acentúa el carácter de indiferencia que liga sabio y saber (9). Esta posición no se sostiene según Lacan más que al margen de las crisis de la ciencia. Para hablar del sabio, Lacan nos habla de su angustia. En un primer tiempo habla, en “El triunfo de la religión” de la angustia del biólogo productor de las armas de destrucción masivas (10). También podríamos hablar de la angustia de los físicos en los años ‘50, entre los cuales el nombre de Robert Oppenheimer destaca particularmente. Biografías de Oppenheimer, aparecidas recientemente, dan testimonio de ello

Habría ahora que sumar, a los físicos y a los biólogos, a esos médicos inquietos por la potencia de destrucción del modo de prueba estadística que domina actualmente. La adopción del paradigma de la MBE ha producido efectos devastadores que se revelan hoy de forma cada vez más evidente. Un rotundo editorial, publicado en febrero de este mismo año por uno de los observadores más calificados de la medicina contemporánea , muestra como la palabra mágica “prueba” estadística se empleó como “justificación conceptual post-hoc para el nuevo mercado de crear y vender información clínica”. El efecto de adopción de los protocolos universales de prescripción ha sido la de “destruir la espontaneidad terapéutica de la psiquiatría y atenuar el arte de prescribir, que pasa así de ser creativo y flexible a ser mecánico y uniforme. En consecuencia, no tenemos necesidad alguna de que los prescriptores de psicotrópicos estén médicamente cualificados”. Se desvela que la supuesta Medicina basada en la evidencia es una medicina basada en el marketing (14). Esta nueva retórica de la prueba se confunde con la de la evaluación

La psiquiatría universitaria anglo-sajona se ha tornado muy crítica con las tentativas de las industrias farmacéuticas para controlar todos los detalles de la concepción, la distribución y la validación de medicamentos utilizando en su propio beneficio el muy discutible procedimiento de los ensayos clínicos al azar. La cópula de los RTC (Randomised Chemical Trials), con la nomenclatura del DSM, produce un mixto de efectos angustiantes. El responsable del polo esquizofrenia en el seno del DSM-IV ha escrito: “El DSM ha tenido un impacto deshumanizante en la práctica de la psiquiatría. La narración de casos –herramienta central de la evaluación en psiquiatría– se ha reducido al uso de los cuestionarios DSM. El DSM desalienta al clínico a la hora de conocer a su paciente como individuo en razón de esta desafectada aproximación empírica. Finalmente, la validez ha sido sacrificada para alcanzar la fiabilidad. Los diagnósticos del DSM han dado a los investigadores una nomenclatura común –pero quizás sea una mala nomenclatura.

Aunque la creación de diagnósticos estandarizados para facilitar la investigación fuera un objetivo central, los diagnósticos del DSM no son útiles para la investigación a causa de su falta de validez (su ausencia de referencia verdadera)”

Los responsables del grupo de trabajo del DSM III pueden confesar que la nomenclatura propuesta era “en realidad un batiburrillo de datos disparatados, incoherentes y ambiguos… de los cuales muy pocos son sólidos o han sido realmente validados”

Los presidentes mismos de los grupos de trabajo de los DSM III y IV están extremadamente inquietos por el “nuevo paradigma” que quiere introducir el DSM V, que permitirá tomar en cuenta síntomas aunque se hallen a nivel infra-clínico.

En una carta abierta, denuncian el carácter arrogante y aislado de los responsables, los conflictos de intereses con la industria, el hecho de que más y más personas se van a encontrar con etiquetas psiquiátricas, y por tanto medicados por esta razón (18). Las disputas sobre el cambio de etiqueta de la mayoría de depresiones y trastornos bipolares son inseparables de la caída de los antidepresores en el dominio público y la ascensión de nuevos medicamentos bajo patente

La editora del New England Journal of Medicine, la mayor revista médica del mundo como me lo decía un colega americano, da cuenta en los dos últimos números de la New York Review of Books de una serie de libros extremadamente críticos con el paradigma DSM/medicamentos/MBE (20).
Justamente, si estos libros habrían dejado a sus autores en el limbo de los suspendidos de invitación (por los laboratorios) a los grandes congresos dónde se establecen y difunden los nuevos paradigmas, hoy están en el centro del debate. Denuncian la famosa metáfora de la enfermedad como “desequilibrio químico”, recordando que no existe ninguno antes del desencadenamiento clínico y que es el medicamento el que lo provoca por su sustancia activa. Hablar del déficit de serotonina como causa de la enfermedad equivale a decir que todos los dolores están ligados a un déficit de opiáceos, puesto que los opiáceos alivian; que la causa del dolor de cabeza es la aspirina; que se constata, en los grupos de pacientes que reciben placebos, grupos en los cuales se reconoce una eficacia, que las recaídas son menores que en los grupos medicados, etcétera…

Llegamos incluso a preguntarnos si los efectos secundarios de “los antidepresores nos entristecen” .Un sentimiento de sospecha general se ha extendido hoy sobre los dirigentes y los líderes de opinión que participan en este modelo dominante.

Lejos de las certidumbres publicitadas sobre las acciones específicas de los medicamentos, lejos de su aspecto “Magic Bullet”, el modelo diana/medicamento se encuentra hoy en crisis. Los medicamentos tienen efectos cada vez más individualizados.
El uso que de ellos hacen aquellos que los necesitan escapa a las limitaciones estrictas de los protocolos. El momento de angustia que atraviesa el modelo biológico en psiquiatría nos da una buena ocasión para recordar aquello que se presenta siempre como huida, deslizamiento, desvío, en la experiencia de goce de un sujeto. Hay siempre algo de clínamen en el sinthome que puede elaborar un sujeto en la experiencia psicoanalítica, con o sin el uso del medicamento. Ésta es la forma de construir el aparato de nombrar el goce de los fenómenos de cuerpo en una lengua propia, con o sin el sostén de los discursos establecidos.

Miedo, angustia y conducta

Miedo, angustia y conducta

Tendría yo unos cuatro años, cuando al entrar en casa me encontré con un grupo de mujeres de pie situadas alrededor de la mesa grande de la cocina. No se dieron cuenta de mi presencia, tan entregadas estaban, observando lo que ocurría en el mismo centro de la estancia. Me hice paso entre aquellos cuerpos y observé que había una muchacha tendida boca arriba en la misma mesa de la cocina. Tenía la barriga a la vista y mi abuela Leocadia la estaba masajeando en la “boca del estómago”. Me llamó la atención su agitación, su respiración entrecortada y aquel gesto de pavor en su rostro.

Mucho años más tarde comprendí que lo que allí se estaba cocinando era algo muy particular. La joven, en cuestión, había sufrido un ataque de angustia y aquellas mujeres la estaban calmando, creando un círculo, una matriz a su alrededor. La estaban aliviando, tocándola de forma confiable, en ese lugar del cuerpo en donde el sobresalto se resguarda, en ocasiones

En tiempos me pregunté que hubo de haber sido lo que generó tanta angustia a aquella mujer. Más tarde comprendí que es del todo imposible saber acerca de la angustia del otro, ya que los otros, cada otro, están íntimamente concernidos por el enigma del sentido de su vida. Un enigma, un no saber sobre algo que se sabe que opera en cada cual, y que si bien en ocasiones conseguimos poner en palabras, en otras se nos diluye, dejándonos abierta el agujero de la boca del estómago, una y otra vez. Ese agujero metafórico en un cuerpo que se deja sentir y que nos advierte de un hueco a nivel del sentido de ser.

No se trata de miedo en tal caso, aunque éste puede ser una forma de referirnos a ello; uno de sus significantes, como pánico o ansiedad. Pero el miedo siempre tiene un objeto. Se tiene miedo a tal o cual cosa, pero no ocurre así con la angustia, cuyo objeto siempre se nos resiste. Desconocemos el porqué de nuestra angustia, aunque sabemos que tiene que ver con la experiencia vital de sentirnos en falta.

Precisamente dicha experiencia de incompletud nos hace buscadores, sujetos deseantes y creadores de la vida que vamos construyendo, a partir de encuentros, decisiones, etc.  Una vida que reconocemos como propia y a la que aludimos echando mano del relato de nuestra biografía y, en definitiva, refiriéndonos a ella mediante el uso del lenguaje. Una vida, pues, construida con palabras; palabras de las que disponemos para nombrar incluso el propio silencio, el desconcierto o el éxtasis. Palabras que vamos incorporando a nuestro decir para podernos decir, poderlo decir y poder recordarlo. Así, irnos identificando al relato y desde ahí irnos reconociendo, como si las palabras, al pensarlas o decirlas, tuvieran un efecto especular identificatorio y nos reflejaran quienes somos.

Diremos que la angustia emerge, cuando lo que sabemos de nosotros no resiste el envite de alguna experiencia inédita y nuestro relato queda rasgado e incompleto, con lagunas desde cuyos intersticios se filtra esa experiencia que Claudio . Naranjo llamara “oscurecimiento óntico” y que Jacques Lacan  refiriera como vivencia de “falta en ser”

Volviendo a la escena en la cocina de mi casa, podemos señalar que el cuerpo de aquella mujer se agitaba al no poder destilar en palabras alguna experiencia propia que la invadía. Su cuerpo era vehículo de un vigor sin freno y un decir mudo, con un apenas suplicante “no, no, no!!!” angustiado, que invitaba a suponer que había un otro destinatario. ¿No, a qué y a quién? A lo que emerge como amenaza invadiendo el campo mental. Una amenaza que acecha desde afuera y ante cuya presencia cabría plantarse e inquirir ¿por qué a mí? Un cuestionar al otro sobre sus caprichos, exigencias y, en el fondo mismo, sobre su vacío y deseo. ¿Qué quieres que sea para ti? El espanto en su rostro hacía pensar que en ella se dirimía la experiencia de una omisión, de una respuesta que no acababa de darse para así poder frenar, al menos momentáneamente, el efecto succionante de la pregunta.

Siempre nos hemos hecho preguntas y siempre nos hemos inquietado ante el vacío de respuesta o ante la amenaza de destino. Pero cabe pensar que nuestra sociedad tecnificada y de ritmo rápido, es terreno propicio para el surgimiento de la angustia, ya que ésta resurge cercana a la incertidumbre y la transitoriedad. La existencia de un futuro desdibujado, sin demasiado norte y con pocas garantías es terreno propicio para “el único sentimiento que no engaña”, tal y como lo definió Lacan en su Seminario X.

Esta modernidad líquida, como lúcidamente lo ilustra Zygmunt Bauman, nos sitúa en un escenario sin certezas, volátil y transitorio, en el que el “no future” de los Sex Pistols se impone como punto de certeza, ante un mañana que se mira de refilón y, en ocasiones, ni se espera. “Vive la vida, exprímela!!!”,  se postula como lema de actualidad, como mandato a “disfrutar de la vida”, no tanto desde una posición dionisíaca de apertura al placer, sino desde un olvido del ser y su deriva hacia el tener más que, más rápido que , más veces que…Hacia el sinsentido del vivir agitados, obedientes al mandato del plus de gozar, como si en ello estuviera la quintaesencia del vivir.

Muchos jóvenes que hablan a través de sus conductas disociales, se hallan en la encrucijada de tener que crearse un destino, pero con la rémora de no disponer de  un GPS interno que les oriente, unas marcas cardinales que les guíen, ya que crear una dirección en la vida requiere del encuentro con un otro presente y real, que haga las veces de sostén confiable y ejemplo, un otro que desde sus limitaciones pueda orientar al joven en la dirección de un destino que está por crear y en el cual puede aspirar a tener parte activa. Un Otro que suscite en el joven el gusto por la pregunta y, en definitiva, a cuestionarse  acerca de su deseo para sí ponerlo a caminar. Sin estas experiencias de lazo que estimulen el relato y la palabra, el sujeto está más expuesto a lo que mi abuela Leocadia denominaba “izen gabeko penia”(la pena sin nombre); es decir: angustia.

Miedo, angustia y conducta

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