La adolescencia es una etapa del ciclo vital en donde el mundo emocional irrumpe con fuerza en la mente del chico o la chica.

Las oscilaciones afectivas o cambios de humor, dan testimonio una base emocional inestable, en tránsito, a partir de la cual, el/la joven adolescente no consigue tener una idea, más o menos, estable de lo que quiere, lo que siente y lo que busca. La insatisfacción latente, el “no sé lo que me pasa”, “a veces estoy bien y de repente, empiezo a comerme la cabeza”, el “paso de todo; es imposible cambiarlo, nada merece la pena, ¡sin más!”, representan experiencias de malestar propias de dicha etapa.

En la adolescencia, el ámbito de lo afectivo-sexual, ocupa un lugar de privilegio. El/la adolescente, comienza a asomarse al mundo de la relación de pareja, al descubrimiento de un cuerpo con mucha carga erógena y/o a la definición de su orientación sexual . Se trata, pues, de cambios intensos que requieren de un recorrido psíquico del que ahora carecen y que para cuya integración requerirá de tiempo y orientación adecuadas.

Paralelamente, comienzan a otorgar a sus relaciones con iguales un valor inédito hasta entonces, sustituyendo el ascendente que en la primera infancia y en la pre-pubertad han depositado en la familia, en sus progenitores o a quienes hicieran tal función.

En la convivencia con chicos y chicas semejantes, el/la adolescente irá descubriendo un mundo de valores (tales como, el compañerismo, la lealtad, entre otros) que serán base para la construcción de una nueva identidad social más madura. Entre tanto, el ámbito de las relaciones no estará exento de dificultades, ya que la necesidad de pertenencia al grupo, de ser aceptado/a en su seno como miembro importante y de pleno derecho, podrá chocar con vivencias de rechazo y prescindibilidad.

La maduración social en la adolescencia, también le lleva a la búsqueda de nuevas relaciones de forma voluntaria. En tales situaciones, los amigos/as de la infancia pueden dar paso a otras relaciones nuevas que le propicien nuevas experiencias. La necesidad de cambiar de cuadrilla, si bien es buscada con las miras puestas en las novedades que ello puede reportar, también es vivido, en ocasiones, con culpabilidad y la sensación de “haber dado la espalda a los/as amigos/as de siempre”.

Como decíamos, en esta época la influencia del entorno familiar comienza a ser fuertemente contrarrestada por las relaciones con iguales. Debido a ello la salud relacional entre hijos y progenitores sufre una crisis de adecuación.

Por otra parte, está colegio que es un espacio en el que pasan una parte importante de su jornada y en el que muestran su forma de ser, su estilo de comunicación, sus dificultades y virtudes en el trato con iguales y adultos/as. No cabe duda de que es un lugar de formación académica, en valores, en convivencia, aunque hoy en día esté atravesando su propia crisis de identidad.

Sea como sea, son obvias, las tensiones que de un entorno tan determinante pueden surgir. La exigencia ante los exámenes y la ansiedad derivada, la gestión de los tiempos de estudio, las dificultades de aclimatación y (sobre todo en los casos de debut) y los enfrentamientos relacionales, la falta de motivación ante un futuro incierto, etc. Es precisamente en este ámbito en donde se suelen dar numerosos casos de acoso entre iguales, fenómeno conocido como bulling escolar.

A este respecto, cabe señalar que el acoso es una manifestación grupal propiciada, puesta en práctica y mantenida al albor de un grupo que aplaude u observa pasivamente. Ello, inevitablemente, obliga a que las intervenciones destinadas a su erradicación deban de incluir a todas las partes implicadas. En el caso de situaciones de acoso en entorno escolar, es preciso rescatar la figura del tutor/a, u orientador/a o el/la jefe/a de estudios y/o director/a, así como los padres y madres de los/as menores implicados/as.

La intimidación, la amenaza o la agresión física, entre otras modalidades de violencia, cabe entenderlas como modos no asertivos de búsqueda de poder y reconocimiento en el entorno de pares, por parte de la persona menor. Yo diría que son la manifestación agresiva hacia la propia parte negada, omitida y proyectada en el otro.

La adolescencia, un cruce de caminos
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